martes, 28 de noviembre de 2006

Sociedad multirracial en Chile


¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?
(Borrador)

“Los bisnietos de Don Quijote, hijos de Martín Fierro vagamos por las pampas en busca de nuestras sombras”
Los días pasados he encontrado en mi archivo una fotografía de hace un par de años atrás, la que fue usada en su momento para ilustrar una entrevista que me han hecho en un periódico; el asunto es que sentado en el suelo a la gitana poso mirando al infinito.

La he enviado a algunos amigos y conocidos a través de un e-mail con el comentario “Miren que cara de turco malo que tengo” así como de broma, haciendo un chiste sobre la imagen común a muchas de las que se ven en los Medios, de algún tipo de “negro alzado”, ya sea en Afganistán, en Irak, en la Selva Lacandona o en Jujuy; dos días después al revisar mi correo he recibido algunos comentarios de parte de los que la recibieron:

“Pareces un soldado de Emiliano Zapata después de la batalla”, “No pareces turco, más bien un hermano mapuche”, “Un cacique”, etc.

Una “chinita”
El viento del atardecer sopla entre las ramas del pino y los cipreses que rodean a mi casa...se viene a mi mente la historia de una mi tatarabuela, madre del abuelo de mi padre por allá por 1840. Una “chinita” de esas capturadas en la Frontera y traída como esclava a la zona Central de Chile; como muchas, pasó a engrosar el harem de un señor feudal de Chillán, quien dio el apellido a su hijo engendrado en ella, mitad indio, mitad blanco; aquí comienza nuestra historia a través de ojos indios en el Chile de “los chilenos”; de su historia de niña mapuche no sé nada, de sus padres, de sus hermanos, de sus montañas y de su río, de sus pehuenes, ni del puma que le sonrió un día y su paso silencioso en la nieve de las cumbres.

Quedaron tan lejos allá en el Sur... sus lágrimas aún corren por mi alma, su tristeza y soledad de niña huérfana, su visión del cóndor que la despidió desde el cielo, tan azul como el sonido del viento y que le prometió que uno de los suyos la recordaría un día y la devolvería a su tierra a través de las palabras....

Nuestra historia en el Sur permanece como una nube sobre los sueños, en mi costumbre de nadar por las mañanas en los ríos que fueran nuestros antes de que llegara el hombre blanco, antes de que llegáramos con nuestros caballos y a cuchillo pacificáramos los campos donde crecía el canelo, el boldo y el hualle.

Los que llegaron y los que se hundieron en lo profundo de la selva helada para sobrevivir, ¿en dónde quedaron sus ojos azules venidos de lejos...?, perdidos entre las piernas de las que fueron nuestras abuelas, en la matriz de la mujer de la tierra original y en los susurros que se escuchan a veces en el alma.

En los ojos de mi abuela, claros como el agua de los ríos de Asturias, azules-verdes como los ojos de la mujer que hoy día duerme a mi lado, también claros y asturianos, venidos ambos de aún más al Norte, desde donde partió nuestra gente un día.

Poco más de mil años demoramos en atravesar el mundo guerreando desde su Norte frío hasta llegar al Sur húmedo; ninguno como ellos, media tierra tembló bajo su paso y sólo un par de los de ellos murió en su cama, el resto siempre de pie y con la espada en la mano.

Hasta que perdieron la Península cuando vinimos desde lo profundo del desierto, después de escuchar en nuestros oídos las palabras de Gabriel y su sangre vino a nosotros a través de la hermana del señor de Córdoba, Abu ‘Amir Muhammad ibn Abi Amir al-Ma’afiri, llamado al-Mansur Bi-Llah (El victorioso por Allah)

El Maestro Mayor
El abuelo de mi padre fue Maestro Mayor allá en el Sur, volvió a la tierra de sus antiguos en tiempos de La Frontera y cargando carabina al hombro y en las manos el serrucho, el martillo y el plomo construyó pueblos blancos en medio de las que habían sido sus tierras indias, disparó carabina blanca en contra de su gente, ¿qué habrá sentido su corazón?

¿No hacemos nosotros todos los días lo mismo ciento cincuenta años después?¿no han hecho eso los sargentos y los cabos en nuestros tiempos con su gente?

Mi padre
“No pude dejar de compartir la profunda emoción del que lo había escrito... en mi memoria creí adivinar la historia de mi padre, mi propia historia a su través.... sentado en el patio de su casa mientras sus parientes se distribuían a sus hermanos... mi abuela a la que nunca conocí había muerto y él sentado junto a su perrito esperaba a que se terminara el gloriado... la tarde cayó y siguió esperando... todos se marcharon... un gatito se deslizó entre sus piernas, un carrito de latón rojo entre sus manos... la lluvia caía suavecito...

“No tengas pena”-dijo el niño del caballito a mi espalda

“...¿encontraste mi regalo?... a tu padre lo llevó su abuelo... fue a vivir con él a Talca... alguna vez he ido a visitarlo, jugamos entre las cañas... me ha prestado esa vez su carrito de latón... ¿conoces Parral?”
“Neftalí Reyes Basoalto, un niño olvidado por su Pueblo (Neruda)”, texto en proceso.

“El Abuelo Ramón”, acogió a su nieto en su casa cuando éste quedó huérfano a los seis años de edad; vuelto de tierra pacificada casó ya mayor con una joven mujer criolla de la Zona Central, quien siempre le recordó “que era indio”, que no era su igual, sino “un indio”.

Murió por allá por 1940 de cerca de cien años, algunos dicen que más; una fotografía lo retrata un viejecito ralo de pelo, de traje y corbata en el patio de su casa, rodeado de su mujer e hijas; hijas que por esos azares de la vida y los patrióticos esfuerzos de hoy en día desvencijados y supuestamente orates generales dando cuenta de sus abultados ahorros, se radicaron ya viejas junto a sus hijos y la piedra de machacar ají en la lejana Gerona por allá por los setenta y tantos.

Cuando les pesaron las maletas en el aeropuerto, pidieron suplicantes al encargado que les anotara menos peso, pues llevaban todas sus cosas y su vida en éstas, ya no volverían a ver a su tierra, irían a la de sus otros mayores en atravesando el mar.

He perdido todo contacto con ellas y su familia, ojalá que este escrito llegue por esos medios misteriosos que da la vida a algunos de sus nuestros y nos alegremos un día de abrazarnos y las recordemos.

Unas monedas
Hace algunos años que circulan en Chile a imitación de los pesos argentinos, unas monedas de centro plateado y de borde de bronce con un valor que alcanza para comprar un pequeño chocolatín y nada más. Se han emitido conmemorativas de algunos tipos y personajes, entre éstos a los pueblos originarios.

Mi padre suele juntar en una cajita de lata de esas de Anilinas Montblanc (en Chile todo un símbolo de la cultura popular) las dedicadas a los mapuches, las que en una de sus caras tienen la imagen de una mujer de la tierra con sus adornos tradicionales; seguramente un reconocimiento silencioso a la niña venida del Sur hace casi dos siglos, nuestra mayor.

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida” (“Pedro Navaja”, Rubén Blades)
¿De dónde viene mi afición por los pantalones rojos, los tapices y la sencillez islámica de un cuarto con alfombras y cojines?¿y por las telas brillantes de sus ropas y los géneros damascos de mi madre?¿su ya cansada por los años y sin embargo avasallante sensualidad medio-oriental que a sus casi setenta años todavía da cuentas de ardorosos gerontes que la pretenden?

Hace algún tiempo fue emitida por la televisión una serie chilena ambientada en el centro-sur del Chile de comienzos del siglo XX, narró la historia de grupos familiares de terratenientes, campesinos y otros personajes; entre éstos, la historia de una familia de comerciantes palestinos, quienes al igual que muchos árabes recién llegados se iniciaron en nuestro país con sus pequeños comercios. Tengo entendido que fue todo un éxito y aunque rara vez veo televisión y nunca teleseries, a veces me quedaba un rato viendo entusiasmado la historia de “los turcos”.

Como suele suceder con las teleseries, una vez mostrados a través de la pantalla los avatares de grupos sociales específicos, a continuación se ve una validación popular de sus haceres y actividades; ocurrió con una de un circo, con gente gitana, etc., así sucedió esta vez con “los turcos”.

Mi labor como profesor en grupos de Tercera Edad
Habitualmente hago clases de gimnasia psicofísica en grupos de Adultos Mayores en Organismos del Estado en varios lugares de la provincia; como retribución recibo alrededor de US$ 8 por más de medio día de dedicación a estos “proyectos gubernamentales”, en lo personal los llamo “propaganda política soterrada pagada por todos los chilenos ”. Viajando a veces más de cien kilómetros para dar una clase, sin previsión, sin salud, sin seguro de accidentes, sin almuerzo y "con la guata pegada al espinazo"; el resultado para el Pueblo de un supuesto gobierno democrático de centro-izquierda con un presidente socialista.

Seguramente ganarán parecido los senadores y el Emperador, perdón, digo el presidente, con sus sobres cerrados con sobresueldos, los gastos reservados y otros sus latrocinios ocultos.

Vuelvo a mi historia: en unos de estos Organismos, paralelo a mis talleres funcionó este año uno de pintura al óleo; debido a que mi primer oficio es el de pintor, interesado en éste lo visité algunas veces. En una de éstas una de las alumnas comunes me dice: ”Profesor, en su honor he pintado un cuadro con usted, venga a verlo”, me llevó hasta su caballete -curioso la acompañé- pude ver entonces que la buena señora había realizado uno en donde se veía una especie de ayatollah con turbante, de bigotes y perita y enfundado en una túnica con rayas; de fondo el desierto y unas palmeras verde loro: “Usted”, me dice orgullosa, emocionada y sonriente: “Un árabe como usted”.

En una parrilla argentina de “Shile”
Por esas cosa de la vida de los que como yo vamos errantes por la vida, trabajé una vez de cajero y bodeguero en un restaurante de un chileno-judío que enamorado como yo de la Argentina, iba y venía entre ambos países a inicios de los noventas, atravesando la pampa a doscientos kilómetros por hora en su Citroën aeroespacial con ducha incluida.

Fui su segundo hombre de confianza por algún tiempo- después del primero- un gordo karateca y masajista metido a gerente, que no sé cómo no mandó a la quiebra al “ruso”comiéndose un pollo entero al almuerzo casi todos los días y los que no se “morfaba” unos tremendos trozos de asado, chinchulines, morcillas y butifarras, acompañados de dos o tres “Cocas”.

Uno de esos días luego de uno de diecisiete horas de trabajo, a eso de las 02:00 a.m. un cliente se acercó a pagar directo a la caja- parecía un camionero rico medio fuera de lugar en un restaurante del Barrio Alto de Santiago- se había saltado al mozo en el proceso y éste veía cómo se le iba la propina. El cliente apurado y sus acompañantes me presionaban (al igual que el mozo) y mi cerebro ya frito a esa hora se negaba a sacar la cuenta, el tipo enojado me miró con furia y dijo “¡¡¡Turco de mierda huevón!!!”, yo nada contesté, sólo lo miré mientras seguía con las sumas y revisando el cupo de la tarjeta de crédito.

¿“¡¡¡Turco de mierda huevón!!!”? ¿y mis antepasados mapuches, y la gente de Asturias y los otros peninsulares que me dieron origen?¿y los piratas-contrabandistas franceses del siglo XVIII que se radicaron por Curanipe y sus alrededores, algunos de los cuales o muchos eran antiguos sefaraditas?

En Buenos Aires algunos me llamaron “El Iraquí”; pero cuando recién llegué a Capital Federal un chofer de colectivo (micro) que tenía un hermano que jugaba en Primera División de un equipo chileno en Santiago, me preguntó en una conversación que iniciamos en medio del viaje, si era peruano ¿vería mi sangre mapuche acaso?

Amores y temblequeos

Cuentan que una tía materna de mi madre “... tuvo amores con un turco”; ella fue muerta en el terremoto (casi cataclismo) de Chillán de 1939 al quedar aplastada bajo los escombros de la casa junto a otros parientes, al igual que mi madre de pocos meses de edad. Rescataron a la bebé al día siguiente, por casualidad y el buen oído de alguien que la oyó llorar; fue cuidada entonces por las mujeres de una “casa alegre” cercana mientras sus padres se reponían de sus heridas. Seguramente Dios tendrá a estas buenas señoras putas a su lado entreteniendo los ocios de angelitos, serafines y querubines.

Cuando niño la oí contar que de pequeña se quedaba tardes enteras mirando embobada y con amor la foto de la que decían era su tía muerta, “La Chayito”.

¿Será en verdad mi madre hija de la que decían era su tía y de Shira, el hombre que volvió a Belén?

Conservo una postal que escrita en mal castellano aparece fechada en esa tierra y que al parecer fue traída por mano a Chile y despachada luego por correo nacional hasta nuestro pueblo.

Los que pudieron conocer la historia ya se fueron y todo se pierde en la bruma del tiempo.

El Pueblo Elegido
El más antiguo recuerdo de mi relación con el pueblo judío me transporta a mi edad primera. Había en mi casa un ejemplar de la Biblia en formato tipo enciclopedia de esas que venden por números hasta completar la colección; antes de saber leer miraba entusiasmado las ilustraciones, apenas aprendí a hacerlo por los esfuerzos de mi padre a los cuatro años, me di con gran afición y gusto a leer el Pentateuco: con La Creación del Hombre y de los Animales, Adán y Eva y la Serpiente; Noé y el Diluvio, la Destrucción de Sodoma y Gomorra, Abraham y sus Hijos: Ismael e Isaac, luego la historia de Jacob, la de José en Egipto que era mi predilecta, las Doce Tribus (que en verdad fueron catorce y según cree la mayoría judía trece) y así hasta llegar a Moisés y su lucha con el faraón y sus sacerdotes idólatras, El Cruce del Mar Rojo, La Estadía en el Desierto por Cuarenta años, Los Milagros de Moisés y la Tierra Prometida, David y Goliat, el Rey David y así.

Muy tardíamente, años después conocí a Jesús y sus hechos; mi Dios y el que mi madre me enseñó era Tatita Dios, Dios omnipotente que está en el Cielo y en todas partes, el Dios del Antiguo Testamento, el que nos había sacado de Egipto y sus hechiceros.

Así, en mi sentir más profundo siempre formé parte del Su Pueblo, fue El Señor el que nos liberó de Egipto.

El niño cristiano
Luego vino de a poco mi inserción en la Iglesia Católica, de la que de alguna manera siempre estuve separado, salvo en los veranos cuando volvía al pueblo de mis abuelos y allí en la Iglesia escuchaba Misa en los reclinatorios que habían sido de mis bisabuelos y que todavía permanecían esperando a sus dueños, mi tía abuela solterona usufructuó del derecho a usarlos hasta su muerte a los noventa y dos años en 1993.

Un hermano de otra mi tatarabuela cantó misa en esta misma Iglesia; nacidos ambos y sus otros hermanos en San Juan, Argentina- ciudad en donde tenían casa en la plaza principal- llegaron junto a su padre y a la familia de su tío a mediados del siglo XIX escapando de las revoluciones, cruzaron en caravanas de mulas hasta Chile y radicaron en la costa de Chanco a veinte kilómetros de donde escribo. Gigantes de antigua raza mora, debo a ellos gran parte de mi apariencia y constitución.

Los formadores del cuenta-cuentos
Mi madre, mi abuela materna y el cura del pueblo, historiador y genealogista terminaron de definir mi vocación por viajar al pasado, ya sea cuando niño en mi casa, en mis vacaciones y luego de grande como su chofer por algún tiempo; de hecho la Iglesia Católica fue para mí el padre Samuel Jofré Rojas y su mundo, una vez murió he vuelto en mi corazón de niño a mi antigua y desértica fe portátil y errante; sin embargo mi corazón de hombre se conmueve hoy con el Islam y mi mente-corazón eterna con el Buda y el Tao infinito…

Un comentario al margen sobre “La Pacificación”, eufemismo de “limpieza étnica”
Según narraba el padre Jofré, la gente aborigen de nuestra tierra fue pasada a cuchillo por nuestros antepasados que ocuparon la zona; casi no existen testimonios de ellos, salvo unos conchales que existen por la playa un par de kilómetros al sur del pueblo y en la experiencia personal con una piedra de esas redondas con un agujero al centro que encontramos excavando aquí bajo la tierra donde está mi casa.

Otro testimonio caminante es el hijo de mi hermana, hijo de un licenciado en matemáticas de origen campesino y cuya gente vivió desde siempre en las montañas aledañas al pueblo, tiene el color rojo de la gente sobreviviente de la zona, de la gente picunche, la "gente del norte". Color muy común por acá, las caras redonditas de cantaritos de greda roja, el pelo lacio y los ojos negros se ven habitualmente entre los niños que viajan en el bus a la escuela y al liceo.

Un sueño
Estoy sentado en los primeros lugares de una sinagoga, atrás las mujeres... nadie desea sentarse a mi lado, he sido aceptado; pero soy un incircunciso, miro hacia el suelo y veo nueve prepucios en el suelo... hace mucho tiempo que somos gentiles, de las tribus perdidas vagando por el mundo sin nuestro Pueblo... corren las lágrimas...

¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?

Errantes, sin un Pueblo que nos reconozca como uno de los suyos...

Un gitano y Sefarad
Hace cosa de tres años, recién llegado a Chile estuve viviendo algunas semanas en casa de una amiga, a ella le parecía que sin dudas era yo de origen gitano; otros me han dicho lo mismo en varias oportunidades.

Recuerdo que entre sus amigos había un hombre profesor en la universidad, con quien éramos muy parecidos físicamente, una vez visitando España buscó su origen en el nunca olvidado Sefarad; la tristeza que mora en el corazón del destierro y las canciones en ladino que se escuchan a veces en lo profundo del corazón de algunos de nosotros, nos hacen remontar el río del tiempo hasta cuando fuimos felices allá en Córdoba y en Toledo.

Una curiosidad
Cuentan que la gran mayoría de los arzobispos chilenos al igual que nuestro primer cardenal, don José María Caro tienen su origen en familias de antiguos conversos, al igual que muchos de los hijos de vecino de cualquiera de nuestras ciudades.

¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?

Errantes, sin un Pueblo que nos reconozca como uno de los suyos...(bis)

La nieve, un puma y el cóndor
Sopla el viento, los pehuenes se divisan a lo lejos a media falda de la montaña cubierta de nieve, el puma se asoma tras unos peñascos y aguarda, ¿qué esperará?, un cóndor sobrevuela el cielo, humo avisa que un caserío se oculta tras un recodo, una niña camina de regreso a su hogar y sus huellas se pierden en la nieve allá lejos desde donde vino, sus padres y abuelos la salen a recibir desde las rukas, se abrazan, hace tanto, tanto tiempo que no se veían...¿dónde habrá estado nuestra niña?

La niña se da vuelta y me mira, sus ojos negros sonríen, levanta su manito y se despide...ha vuelto a casa... el cóndor baja y sobrevuela a su gente, a nuestra gente...de pronto la niña corre hacia mí y me entrega una pequeña muñeca de greda, me da un beso y se marcha... el puma ruge custodiando su espaldas, la nieve cae despacito...

Regreso a casa y ya nada será igual... muchos pueblos miran a través de mis ojos; pero una niña ha conquistado mi corazón...

A mi tatarabuela, una niña de la tierra que descansa otra vez de vuelta en su hogar...

Juan Contreras Bustos

Nota: cualquier similitud con personajes o situaciones reales es sólo coincidencia.

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